Y ahí estoy yo, no puedo capturar una imagen sin un motivo que me mueva desde adentro, la imagen obtenida sin entusiasmo me delataría al instante porque no tendría vida aunque técnicamente sea perfecta. Un crimen. Cada foto debe tener su razón de ser y ese sentimiento me permite correr el velo de mis ojos para ver lo que hasta hace segundos había permanecido oculto. Es entonces cuando se produce el milagro, una maravillosa escena aparece ante mis ojos y debo apurarme, es noble pero no espera, solo me da unos segundos, debo estar atenta, ser veloz y precisa, no puedo dudar o la habré perdido para siempre.
Cuando una maravillosa imagen me sorprende así, no tengo tiempo de medir la iluminación ni los ángulos de toma y es ahí cuando aflora mi instinto, una revolución interna mueve todo mi cuerpo y simplemente capturo la imagen una, dos, tres y tantas tomas como sea posible, mi objetivo se deja fotografiar, la conexión entre ambos se produce y de repente se va. Me regaló apenas un instante pero su paso me deja su recuerdo para siempre.
La fotografía me dio ojos ágiles, me enseñó a ver. –“¿Dónde está la belleza de la que me habla?” le pregunté a mi viejo profesor Joaquín, un hombre sabio y excelente fotógrafo ante la imposibilidad de ver el objeto que me señalaba en un antiguo rosedal abandonado. “allá – dijo indicandome con su dedo unas ramas- ¿ves? hay una hermosa rosa”. En efecto, había una que aquí en mi blog agregué y a la que titulé “Belleza escondida”. No necesité más lecciones, me había enseñado todo y al fin lo había aprendido.

