Donde viven los Monstruos / Where the wild things are

¿Sabías que el sol va a morir?


DONDE VIVEN LOS MONSTRUOS

15.12.09 Publicado por John “Bluto” Blutarsky

Hay algunos directores de esos que gastan un universo propio para los que llega un momento en que su carrera da un pequeño vuelco y se desmarcan de su obra anterior ofreciendo un giro hacia una aparente “convencionalidad”, que en relidad esconde una reflexión y síntesis de sus propias filias y fobias.
A Spike Jonze le ha pasado, salvando las distancias, lo que le pasó a David Lynch en épocas de “Una historia verdadera” o a David Cronenberg a partir de “Una historia de violencia”: ha decidido seguir construyendo una imagen propia insobornable, pero abandonando la exuberancia narrativa y formal que le caracterizaba hasta el momento, y ha parido una película que parece un cuento sencillo y clásico, pero que supone un paso más en su evolución como autor. Que la aparente linealidad de su estructura y su simpleza narrativa no nos confunda: esto es cine de autor puro y duro.
Pero bueno, pegado el rollete casi prefiero zambullirme en esto a través de la óptica que le corresponde: “Donde viven los monstruos” es un maravilloso cuento infantil que parte de donde parten muchos de los cuentos infantiles: la evasión a través de la fabulación.
En este caso es Max (Max Records) quien escapa, incapaz de vivir en un mundo que se le ha quedado pequeño, una realidad demasiado cotidiana como para contener su propia vitalidad, sus arranques de salvajismo infantil y que para colmo pisotea sus sueños y esperanzas a través de una madre divorciada (Catherine Keener) y una hermana que le putea. La vida real, vaya.
A lo que Max decide fugarse y hacerse a la mar en un pequeño bote que, a la deriva, termina por hacerle ir a parar a una isla habitada por una sociedad de monstruos peludos de fuerza descomunal y despiste vital. A falta de algo mejor, Max será enseguida coronado Rey y recibirá todas las expectativas de Carol (James Gandolfini) y su panda de osos gigantes para guiarles hacia una convivencia.
Como relato infantil (se basa en uno de los cuentos más famosos de la literatura americana, escrito por Maurice Sendak), la cosa va del poder de la imaginación y de la fuerza de la amistad. Carol y Max establecen una relación difícil de explicar, pero que finalmente será el motor de la historia, y alrededor de la cual girarán las relaciones con los demás monstruos.

Max y Carol


E indirectamente es una manera de contar el abismo que existe entre niños y adultos, y el hecho de que tarde o temprano deba cruzarse ese abismo, aun a riesgo de sacrificar un mundo estimulante de cosas imaginadas.
Pero como buen cuento, también tiene su lado oscuro, y aquí es donde Jonze realmente pone de su parte. “Donde viven los monstruos” es una película inquietante, de algún modo tensa y extraña, porque no terminamos de estar del todo seguros de que los lazos establecidos entre Max y los monstruos sean irrompibles. Porque el mundo nuevo no parece del todo seguro, y está marcado por una agresividad y un salvajismo animales. Y porque el comportamiento de los personajes, y las decisiones que toman está en el mejor de los casos guiado por la irracionalidad infantil (Max) y en el peor por la extraña lógica monstruosa (por ejemplo, las criaturas suelen terminar comiéndose a sus reyes). Pero eso es parte de su encanto, el crear un mundo sujeto a sus propias reglas poco explicadas, que el espectador tiene que tragarse por que sí. ¿Que los monstruos pueden machacarse a pedradas mutuamente sólo por diversión? Pues vale. ¿Que es de vital importancia ir haciendo agujeros en todos los árboles que uno se encuentra? Pues también vale.
En este sentido, “Donde viven los monstruos” podría recordar a algunas películas de Miyazaki, especialmente a “El viaje de Chihiro”, por su carácter de viaje iniciático y de autodescubrimiento a través de la evasión, de traspaso de la infancia a la adolescencia. Y también por el descubrimiento de una realidad paralela que sólo responde a sus propios y extraños principios lógicos.
Pero a parte de su contenido, lo realmente impactante de la película es el continente. Jonze dirige como si estuviera haciendo una película independiente de bajo presupuesto: la planificación y el montaje son los propios de un autor que ha sido nombrado ídolo de modernikis y enrollados diversos, y su cámara se mueve como si estuviera grabando una pareja enrollándose en un concierto de Franz Ferdinand. Lo cual choca con lo que se nos cuenta, y transmite una sensación de extraña epicidad distinta de la que cabría esperar y un nervio general que le da a todo un ritmo a ratos trepidante y urgente, a ratos pausado y contemplativo.
La fotografía va acorde, y aunque tiende a buscar la belleza extraña (ojo a los planos nocturnos, a las dunas del desierto, a la esfera gigantesca) apuesta por el realismo, por la palpabilidad. Una fisicidad a la que contribuyen los efectos especiales: utilizan una combinación de técnicas (disfraces de toda la vida, planos creados por ordenador, animatronics, etc.) que sumadas le dan a la película un aspecto pretendidamente retro, casi desfasado, poblado por esos monstruos cortesía de la factoría Jim Henson, y que ya de entrada recuerdan a una mezcla entre los Goris de Fraggle Rock y el ‘Fuyu’ de “La historia interminable”.

Max y Carol

Y lo de “La historia interminable” no es gratuito, porque “Donde viven los monstruos” podría ser perfectamente el equivalente de la película alemana para esta generación. Sólo que en buena. Que sí, que “La historia interminable” es muy mítica y todo lo que vosotros queráis, pero la de Jonze va a resistir mucho mejor el paso de los años, porque sus virtudes cinematográficas son muchas.
Al final la película se hace un pelín larga, contiene un pequeño epílogo algo innecesario y la penúltima secuencia flirtea peligrosamente con la crema pastelera. Pero a parte de esto, “Donde viven los monstruos” es una película genial, una historia vibrante de las que te reconcilian con el género y una manera inmejorable de despedir el año con lagrimilla y sonrisita.
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Max the king

WHERE THE WILD THINGS ARE

By Bruce Handy, a frequent contributor to the Book Review, is a writer and deputy editor at Vanity Fair.

My 10-year-old son, Isaac, and I were at some kid movie enduring the antic coming attractions, when a trailer came on for Spike Jonze’s soon-to-be-released adaptation of Maurice Sendak’s “Where the Wild Things Are.” On screen, a boy in a white wolf suit romped through a forest alongside monsters played by actors in old-fashioned Godzilla-style rubber suits but with computer-­animated faces and, in one case, Tony Soprano’s voice; there was also a bittersweet indie rock soundtrack, as if this were a Zooey Deschanel movie for grade schoolers.

Times Topics: Maurice Sendak“What do you think?” I asked Isaac. “Should we see it?”

“Nah,” he said. “It looks weird. Plus the book wasn’t any good.”

Me, I thought it looked pretty cool, or at least tasteful: the trailer promised a quieter and more pensive film than, say, “Cloudy With a Chance of Meatballs,” and I liked the way Jonze has recapitulated the Dürer-meets-Mad-magazine quality of Sendak’s illustrations.
Or let me qualify that. Actually, I think it’s brilliant. The wit and richness of Sendak’s drawings, the poetic concision of his story, its empathy and dreamlike lilt, can move me near to tears. If you don’t know or remember it: Max, a young boy in a wolf costume, makes mischief of one kind and another, is called “wild thing” by his unseen mother, and is sent to bed without supper. As he stews, his room transforms into a jungle. He finds a boat and sets sail across the sea to discover a land full of real wild things — big monsters with “terrible teeth” and “terrible roars.” Max tames them, plays with them, sends them to bed without their suppers and then returns home, where he finds dinner waiting for him. “And it was still hot,” the book concludes — a lovely and reassuring grace note.

What an empowering, psychologically astute parable about a child learning that his anger, while sometimes overwhelming and scary, can be safely expressed and eventually conquered, I thought, when I had occasion to reread the book in my 30s. But as a child myself, without benefit of personal insights subsequently gleaned from more than a decade of talk therapy, I had been left cold by “Where the Wild Things Are.” I don’t really remember why. Maybe I was too literal-minded to be transported by Sendak’s dream logic. Not that I didn’t like make-believe, but I also liked rules. Old-school fairy tales, with their clear villains and bloody, well-deserved vengeance: that’s what worked for me.

Still, when I was a kid, “Where the Wild Things Are” was something to be reckoned with, like the mumps. I was 4 when it was published in 1963. I was cognizant that teachers and librarians thought it was a “good” book, proved by the shiny Caldecott Medal on its cover. (A budding critic, I had a premature and probably unhealthy interest in consensus.) I don’t think my family had a copy, but I remember seeing it in what I now realize were the more cosmopolitan homes on my Northern California cul-de-sac — the book resides in my possibly ­exaggerated-for-effect memory as an early ’60s progressive totem alongside Danish modern furniture, African art and the sticky, stale-sweet smell of pipe tobacco. I was certainly aware of “Where the Wild Things Are” as something I should like, the way I have more recently felt I ought to like Tom Waits and “30 Rock.”

Douglas, Max y KW

But once I finally got it — a convert! — I was eager to read “Where the Wild Things Are” to my own kids. Yet neither Isaac, as you know, nor his older sister, Zoe, much cared for it. I read it to them once or twice; they shrugged; the book got permanently shelved while the bindings cracked on “Go, Dog. Go!” and “The Rainbow Fish.” I’ve wondered if another reason I didn’t properly love “Where the Wild Things Are” as a kid was that anger hadn’t been freely expressed in my button-down home; perhaps I had found Sendak’s parable less liberating than off-putting or even frightening. (The latter was a common concern when the book was first published.) Conversely, yelling at one another is almost a hobby in my present home, so maybe that’s why my own kids found the book — this is all I could get out of them — “boring.” Perhaps they agreed with Publishers Weekly, which, back in 1963, dismissed Sendak’s story as “pointless and confusing.”

Obviously, many millions of children have loved “Where the Wild Things Are” — there are more than 19 million copies in print around the world — but I was struck, while conducting an extremely informal survey of a couple of dozen friends and a few professionals in the field of children’s literature, by how many said Sendak’s work had eluded their younger selves and/or their own offspring. Which kids’ books, I had wanted to know, are appreciated more in theory, or by adults, than by actual kids? I never heard a knock against Beverly Cleary and only one against Dr. Seuss. But probably half my sample group had shrugged at “Where the Wild Things Are.” “Impenetrable,” one educator and critic said. In her view, while the book was written from a child’s perspective, it had the processed feel of “something arrived at years later as a construct to understand the writer’s own anger.” Actually, I think that’s what I now like about the book, that sense of self-aware struggle — and whiff of psychoanalysis. Sendak hinted at this in a 1966 interview with the New Yorker: “It’s only after the act of writing the book that, as an adult, I can see what has happened, and talk about fantasy as catharsis, about Max acting out his anger as he fights to grow. . . . For me, the book was a personal exorcism. It went deeper into my own childhood than anything I’ve done before.”

Max shouldn’t feel bad about the snubs — divided audiences are a good thing. And he’s in fine company. Other revered works flagged by people I spoke to were the “Alice in Wonderland” books (too druggy, too much knotty wordplay; Alice herself is a drip), “Winnie-the-Pooh” (too twee) and “Eloise” (girls love the idea of Eloise, but has anyone ever made it to the end of Kay Thompson’s long, bossy, punishingly fabulous text?). And then there is “The Wind in the Willows,” a lovely pastoral perfumed with adult longings (and I don’t mean sex) that has recently been republished in two separate annotated editions. (The swarm of scholarly dementors alone ought to make children wary.)

max

The King

Having now cheerfully dumped on a bunch of classics, I feel better. It remains to be seen whether adapting Sendak’s 338-word, 37-page picture book into a full-length feature was really necessary or even advisable — does Max’s acting-out demand motivation? do the wild things want back stories? — but I do hope Jonze’s movie draws readers, young and old, to the original, and I hope the original doesn’t feel puny and undernourished next to its pumped-up Hollywood cousin (not to mention the 300-page novelization, titled “The Wild Things,” by Dave Eggers, who wrote the screenplay with Jonze). More to the point, I hope readers can hear the music Isaac, Zoe and I didn’t. What if, to borrow from another tale, the emperor really did have dazzling new clothes and it was only the kid on the sidewalk who missed out?

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